el automático del arte

lorenza
Septiembre 30, 2009

David Manzur escribió...

Hace tiempo que vi por primera vez la obra de Lorenza Panero y sentí gran curiosidad por el efecto cromático y la luminosidad con que la artista expresa sus formas.
No tuve, entonces, la oportunidad de entrar más a fondo en el análisis de una obra cuyos efectos visuales me inquietaron sobremanera. A primera vista ubiqué su trabajo dentro de lo que sería una expresión abstracta no desligada de elementos convencionales, (flores, paisajes subacuáticos, aves y todo aquello que uno almacena en la memoria, pero que desdibuja con el tiempo).

Y con el tiempo me acerqué a la artista con la curiosidad de un simple espectador, que quisiera encontrar lo que las palabras no pueden explicar... y, como era de esperarse, sus palabras me hablaron de su oficio, pero no de su concepto, de ese, no las tenía porque estaban "pintadas". Pintadas?... pintadas no era la explicación correcta para el proceso con que Panero resuelve sus cuadros... fotografiadas?... tampoco. entonces, qué diablos había detrás de estos efectos lumínicos que me inquietaban?

Fue ahí cuando sus palabras me sirvieron para entender un oficio relacionado al mundo de la física y la química no desligado de los elementos de la fotografía, pero sin el recurso tradicional de cámaras y procesos de un laboratorio formal.

Ella, Lorenza Panero, me habló, entonces, de luminografías. La palabra me sonó tan bella como bellas son sus obras. Fué en un encuentro cuando la artista expuso su obra en la galería que la artista tiene en Bogotá el Instituto de Cultura de Brasil, cuando en realidad pude ver a plenitud varias de las obras que, muy bien montadas, se ofrecían al espectador con una luz tal que, en mi memoria quedó grabada la sensación de haber entrado a una catedral gótica o de haberme sumergido entre algas y corales o quizás, haberme perdido en una delva fantástica de la que no hubiera querido salir.

Hasta ahí el encuentro con esta obra que tenía par a mí un carácter reflexivo, lo que me impulsó a querer saber más sobre estos trabajos, no sólo por su aspecto visual, sino por lo que podrían tener de "contenido" para llegar a tales resultados. Invité a Lorenza a mi casa y durante unas horas indagué, como un detective, acerca de sus procesos, logrando así adentrarme a lo imponderable que tiene la artista como punto de partida para lograr determinados efectos.

lorenza
Septiembre 29, 2009

No podría tener una afición diferente. El arte es la vida de Lorenza Panero Owen. Aunque suene a frase de cajón, dice con vencida que "uno nace con eso desde chiquito". Para la pintora nunca ha existido la pregunta del porqué del arte y su importancia en la vida cotidiana de la gente, porque desde que tuvo voluntad propia recorrió museos y galerías del mundo. Los libros que compró siempre le hablaron de la vida de los artistas y le mostraron sus obras. A quienes argumentan en contra de la cultura los llama ingenuos, "para no decir ignorantes". Esta neoyorquina de particular acento bogotano se deja sorprender con la creatividad humana, "tenemos la capacidad de extendernos y de dejar lo que ya no es parte de la piel". Las obras que cuelga en las paredes de su casa, las de artistas como Ana Mercedes Hoyos, Alejandro Obregón, Bernardo Salcedo, Nancy Friedemann o Fernando de Szyszlo, cargan distintos pensamientos y enfoques diferentes.

Cuadros que ha coleccionado durante los 13 años que lleva al lado de su esposo el periodista Roberto Posada García-Peña (D'Artagnan), pinturas que confirmaron el éxito de su matrimonio cuando descubrió que su futuro consorte compartía sus mismos gustos. Pero no todos los cuadros son fruto de su unión.

El grabado de Pablo Picasso que reposa en un muro del apartamento asalta su memoria. Se traslada a la Bogotá de 1976, cuando le faltaba un año para cumplir la mayoría de edad. Iba a recibir su primer sueldo en el Museo de Artes y Tradiciones, pero solo le alcanzaba para cubrir la mitad de los 1.000 dólares que por la obra le pedía Karl Buchholz, dueño de la tradicional librería capitalina del mismo nombre... su papá le prestó el resto.

La artista define su historia personal con el pintor, dibujante y escultor español como magnífica y curiosa. Cuando tomó la decisión de estudiar arte, viajó a Europa, porque igual que hoy, creía que antes era necesario visitar los grandes museos, "conocer la obras, acercarse y sentir la pintura, ver la pincelada, entender cómo el artista hizo la mezcla"... allí se encontró con las miles de fórmulas del malagueño. Descubrió que el autor del Guernica nunca regresó al mismo trazo, ni a la misma línea. Se extasió con la variedad de soluciones que hacían parte del repertorio del artista. En él halló lo que quiere encontrar cuando compra cuadros de otros artistas: su pensamiento, su forma de ver la vida... "no un simple ejercicio académico". Atributos que encontró en el pintor antioqueño Ignacio Gómez Jaramillo, un ejemplo para su vida que murió cuando ella era una niña, pero de quien guarda dibujos en tinta heredados de su abuela. De pronto eleva su mirada azul, también heredada de los abuelos, y lanza un reproche que mantiene vivo: "A Ignacio Gómez lo volvió mierda Marta Traba, lo descalificó por razones personales", y se declara poco sorprendida, "porque las roscas siempre han existido".

Tal vez para huir de ellas se fue a finales de los años ochenta a una de las mejores escuelas artísticas de Estados Unidos, Rhode Island School of Design, buscando ser artista. Con el mismo fin, en los noventa, hizo un posgrado en el Hunter College of the City University, en Nueva York. Allí decretó para sí misma que el más talentoso no necesariamente es quien sale adelante, "es la gente que consigue aceptar el rechazo y tiene la personalidad que se necesita para desnudarse ante los demás". Deja salir su espíritu de maestra y cuenta que cada vez que ve a un artista que consiguió una exposición sabe que antes cien galerías lo rechazaron. Y se queja de que en el país nadie admira a los artistas, porque "a Botero lo respetan por rico, no por artista".

Y luego de hacer uno de sus comentarios ácidos, sonríe, y termina revelando cómo en su casa cada obra tiene que encontrar su pared. Se abre una competencia cada vez que llega uno nuevo, pero ella advierte que "todos tienen su chance".

Tomado de la Revista Cromos No. 4672, 24 de septiembre de 2007

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